
Hay momentos en los que los humanos somos capaces de hacer salir tanta electricidad de nuestro cuerpo como para alumbrar una ciudad entera. Estoy intentado imaginar a Enriqueta en el instante de recibir una carta de Joaquín. La encuentra en el buzón. O ha estado esperando al cartero, cuyos horarios, a fuerza de observar, ya ha interiorizado, y en el momento de avistarlo se ha abalanzado sobre él. “Hoy sí”, ha dicho él y en ese momento la cara de ella se ha iluminado. Ha cogido la carta con sus finos dedos, las lágrimas ya pidiendo salir, ha dado las gracias con una amplia sonrisa y ha echado a correr escaleras arriba.
Una vez en casa, busca la intimidad detrás de una puerta, el sobre intacto entre sus manos temblorosas, palpitando con vida propia. Entonces, a cobijo del silencio, Enriqueta eleva la carta y la sostiene ante sus ojos para leer su propio nombre en el anverso. A continuación, se la acerca hasta la nariz y la huele, como tratando de trazar su mapa olfativo, intentando distinguir de entre todos los aromas que la impregnan algún resto que pertenezca exclusivamente a él, como si a través de todas esas pistas fuese a ser capaz de reconstruir a la inversa el viaje que la ha llevado desde Joaquín hasta ella y reunirse por unos instantes con él. Todavía se resiste unos segundos antes de abrirla. Intenta alargar al máximo ese momento mágico sucedáneo de estar con él. Agarra el diminuto sobre con ambas manos y lo atrae con fuerza hasta su pecho. Los ojos cerrados, un escalofrío recorriendo su piel. Estrecha la carta con vehemencia, como si al abrazar la letra inclinada de Joaquín también estuviese abrazando un pedazo de él. Y es ahí donde está. La electricidad. Irradiada a través de sus pupilas. Emanada por cada poro de su piel. Cientos de miles de kilowatios de luz.
En lo que respecta al contenido de la misiva, lo leerá a renglón seguido. Después de todo, no es lo más importante. La censura se aplica también a las comunicaciones de los soldados. En algunas ocasiones, ni siquiera se les permite revelar cuál es su ubicación. Por eso no importa tanto lo que diga la carta. Sean más o menos jugosos los detalles que contiene, la noticia que viene a traer es sólo una y se advierte sin necesidad de abrir el sobre: Joaquín sigue vivo.