Salud y anarquía

Recrearse en los detalles es un placer reservado para el que carece de prisa. Cualquier cosa que fuese lo que ocurriese a Joaquín, la Historia no le esperó para contarlo. La Historia nunca supo ni le interesó quién era J. Solo por eso es posible que un día, en el futuro, un sobrino-nieto suyo se siente en una tarde de invierno ante una pantalla para desvelar, sin prisa, un secreto que debería conocer todo el mundo: cada vez que aquel chico de 19 años enviaba una carta a su amada, en el anverso del sobre escribía las mismas palabras: “A la camarada Enriqueta Galiano”.

En casos así, la realidad evidencia un defecto que en la ficción puede resultar imperdonable: es poco verosímil. ¿Cómo era posible? ¿Qué tiene que pasar en una sociedad para que un adolescente se dirija a su novia como “camarada”? Dar una respuesta es fácil, lo difícil sería que alguien diese una buena explicación.

© Esther García / Gerard Ribas

Joaquín era anarquista. O más exactamente, militante de la C.N.T., cosa que no era nada extraordinaria en aquellos tiempos y mucho menos en Alcoy, ciudad que sufrió una auténtica revolución industrial en la segunda mitad del siglo XIX y cuyo tejido social prácticamente quedó simplificado en la fórmula de una amplia base de obreros frente a un reducido grupo de burgueses. Si la implantación de la C.N.T. a nivel estatal era superior a la de cualquier otra fuerza política o sindical en aquellos años, su supremacía en la ciudad de Joaquín era todavía más abrumadora. Tanto era así, que los alcoyanos de a pie no acostumbraban a referirse a la C.N.T. por sus siglas. La llamaban simplemente “El Sindicato”. De hecho, la primera sede que la Asociación Internacional de Trabajadores (A.I.T.), precursora de la C.N.T. y de la F.A.I., tuvo en España se implantó en Alcoy, que en aquellos años era la segunda federación del Estado en número de afiliados.

Después de sus primeras cartas, Joaquín modificó la fórmula acostumbrada en el sobre sustituyendo “camarada” por “compañera”. “A la compañera Enriqueta Galiano”. Más adelante, a medida que se acercaba la derrota, prescindió de los tratamientos y dejó únicamente el nombre y la dirección. De las más de 40 cartas que se han conservado, hay una que firma como “J. Figuerola. C.N.T.”. En otros dos casos añade a la firma las palabras: “Salud y anarquía”. Y eso es prácticamente todo. Si algún día tengo oportunidad de poner en orden esta historia, dudo mucho que lo presente como un anarquista feroz. La militancia asoma en sus cartas de manera franca pero muy inconstante, casi olvidadiza. Es un chico entrañable, no un guerrillero. Leyéndole da la sensación de que era anarcosindicalista porque lo eran sus hermanos y su padre, sus amigos y vecinos. Porque en aquel momento eso —anarcosindicalistas— es lo que eran los obreros en Alcoy.

Recrearse en los detalles es un placer reservado para el que carece de prisa. Cualquier cosa que fuese lo que ocurriese a Joaquín, la Historia no le esperó para contarlo. La Historia nunca supo ni le interesó quién era J. Solo por eso es posible que un día, en el futuro, un sobrino-nieto suyo se siente en una tarde de invierno ante una pantalla para desvelar, sin prisa, un secreto que debería conocer todo el mundo: cada vez que aquel chico de 19 años enviaba una carta a su amada, en el anverso del sobre escribía las mismas palabras: “A la camarada Enriqueta Galiano”.

En casos así, la realidad evidencia un defecto que en la ficción puede resultar imperdonable: es verosímil. ¿Cómo era posible? ¿Qué tiene que pasar en una sociedad para que un adolescente se dirija a su novia como “camarada”? Dar una respuesta es fácil, lo difícil sería que alguien diese una buena explicación.

Joaquín era anarquista. O más exactamente, militante de la C.N.T., cosa que no era nada extraordinaria en aquellos tiempos y mucho menos en Alcoy, ciudad que sufrió una auténtica revolución industrial en la segunda mitad del siglo XIX y cuyo tejido social prácticamente quedó simplificado en la fórmula de una amplia base de obreros frente a un reducido grupo de burgueses. Si la implantación de la C.N.T. a nivel estatal era superior a la de cualquier otra fuerza política o sindical en aquellos años, su supremacía en la ciudad de Joaquín era todavía más abrumadora. Tanto era así, que los alcoyanos de a pie no acostumbraban a referirse a la C.N.T. por sus siglas. La llamaban simplemente “El sindicato”. De hecho, la primera sede que la Asociación Internacional de Trabajadores (A.I.T.), precursora de la C.N.T. y de la F.A.I., tuvo en España se implantó en Alcoy, que en aquellos años era la segunda federación del Estado en número de afiliados.

Después de sus primeras cartas, Joaquín modificó la fórmula acostumbrada en el sobre sustituyendo “camarada” por “compañera”. “A la compañera Enriqueta Galiano”. Más adelante, a medida que se acercaba la derrota, prescindió de los tratamientos y dejó únicamente el nombre y la dirección. De las más de 40 cartas que se han conservado, hay una que firma como “J. Figuerola. C.N.T.”. En otros dos casos añade a la firma las palabras: “Salud y anarquía”. Y eso es prácticamente todo. Si algún día tengo oportunidad de poner en orden esta historia, dudo mucho que lo presente como un anarquista feroz. La militancia asoma en sus cartas de manera franca pero muy inconstante, casi olvidadiza. Es un chico entrañable, no un guerrillero. Leyéndole da la sensación de que era anarcosindicalista porque lo eran sus hermanos y su padre, sus amigos y vecinos. Porque en aquel momento eso —anarcosindicalistas— es lo que eran los obreros en Alcoy.

VERSIÓ EN VALENCIÀ

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Música: Conspiracy: Voices of terror (C Minor)

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